lunes, 20 de septiembre de 2010

Cavilaciones de un feriado feroz

Ojalá tuviera el don de la palabra, y dejar de hacer tantos borradores. Hoy parece domingo pero no lo es, es aún más trágico, es lunes feriado, la lluvia que cae por la ventana es frágil pero fría. Un viento tímido se asoma de vez en cuando en la punta de los árboles del vecino.
Estoy sola en la casa. Espero una llamada que muy adentro mío no espero. Ni cigarrillos tengo. Pero tengo la esperanza de que algo nuevo vendrá para mí. ¡Qué tragedia más grande es la esperanza! la esperanza es lo único que se pierde. A veces asoma su cara de felicidad la esperanza. Algunas veces también la vi yo, pero desde hace un tiempo a esta parte está escondida. Me miro en el espejo y tengo la mirada triste y si lo pienso bien no tengo mucho de qué estar triste. Sólo sé que mientras escribo el tiempo malvado corre volando, y cada día es una derrota para mí y para el resto aunque el resto esté haciendo su vida. No quiero ser perversa pero sé que a mucha gente le pasa lo mismo, no es que sea muy sabia, lo que pasa es que conozco a mucha gente. La gente está sola y no conoce de amores ni de amistades. Todo se limita al trabajo, al lunes, al feriado que nos alivia del trabajo, pero cuando viene el feriado en su infinita agonía y monotonía, sólo queremos volver al trabajo, a ver las mismas caras de amargados y nunca alcanzamos a hacer nada en los feriados, andamos en pijamas y engordamos. El decir por lo menos estoy viva, aunque con este dolor en la cabeza que ya parece compañia indeseable, es ser muy agradecida. Sí estoy viva, pero en el sentido literal. Aunque ya es algo. Me gustaría estar viva de muchas cosas. La esperanza tiene eso, es un pequeño motorcito que nos impusla y ni el cansancio ni la derrota temprana nos detiene. Ese es el lado bueno de la esperanza, nos empuja y no sabemos a qué. Luego viene la lástima y el mirar hacia atrás, que nos hace estar más fuerte,  y el bueno, por algo será, y porque es de esperar que aprendamos de nuestros errores. Pero a  medida que avanzamos en nuestras vidas la esperanza si sienta al lado nuestro como una vieja en pijamas dispuesta a irse a  la cama. Está distinta la esperanza, antes tenía nombre y apellido ahora es que sea lo que Dios quiera. Qué terrible esta frase, que sea lo que Dios quiera, el más optimista espera lo mejor, el que ha dejado de creer en Dios porque ha visto algunas de sus fallas, sabe que ni la esperanza ni Dios lo rescatarán de lo que viene.
Y qué me gustaría hacer ahora, no lo sé. Quizás estar con alguien que me haya costado mucho conquistar, sintiéndome querida y con todo el futuro por delante. Quizás tranquila sin preocupaciones ni mías ni ajenas, sin noticias malas en la tele, sin discursos incorrectamente redactados y políticamente indescifrables.
Los estadios de soledad no se merecen uno solito se los busca, si miro hacia  atrás veo muchos cadáveres. A mí favor tengo que decir que de ninguno de ellos en vida me enamoré o que no eran para mi. Ellos dirán que no les di tiempo puesto que estaba esperando que llegara otro mejor, tenía esperanza de algo mejor, algo que yo creía que merecía. Y si ya se pasó el tiempo. No siempre hay tiempo. Ojalá venga hasta mí o que la vida me ponga al lado de él. En la micro no creo porque no ando en micro. En la calle en una que conozco y que me mire y me diga hola te acuerdas... y yo diga... sí, tanto que te demoraste.


Porque sé que me espera alguien mejor... La esperanza es lo último que se pierde.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Esos domingos...

Puedo saber que es un día domingo aunque haya permanecido en estado de coma durante varios meses, sin  saber nada del mundo y sin fijarme en el calendario. Los domingos tienen en el aire una especie de tristeza y de desesperanza. No sólo porque antecedecen al lunes laborioso y odioso, sino porque en domingo la gente desaparece de las calles y los ruidos se transforman en la mínima expresión. Se ven los autos de los familiares amontonados en las casas de los vecinos quizás compartiendo los parientes un plato dominguero o un partido de futbol o en cada habitación duermen de a tres la siesta.
Una poesía que recitaba cuando era chica decía " Es día domingo. Llovizna. Hace frío. /Con una constancia que más dolorosa no puedo haber sido.../ Era tan lacónica  pero a la vez tan verdadera, que siempre he creído que las cosas malas siempre pasan en domingo. Durante el domingo no funciona nada y siempre el clima es malo, hay lluvia y viento. Y no existe nada más triste que un domingo con lluvia, tan gris y tan solitario, mirando un desfile militar por la tele.
Hoy es domingo y es fiesta patria en Chile. A la agonía natural del domingo le sumo un clima que amenaza con lluvia y viento. Hay un solcito de esos que no calientan nada. Que solo está, irónico y fugaz.
Les dejo esta "Balada de un domingo de mi infancia" de Horacio Rega Molina, para que se den cuenta que el domingo es mal día para muchos otros. (Hasta el cura se aburre en domingo)
                                                                    
                                               Balada de un domingo de mi infancia

Mañana el maestro dará prueba escrita
(Mi infancia no tuvo sino días malos).
Sentada en un banco mi infancia recita:
Colón ha partido del Puerto de Palos.


Es día domingo. Llovizna. Hace frío…
…el cuarto es muy grande, yo estoy solo en él.
Parece que arrastra en el cuarto sombrío.
Su cola de seda la reina Isabel.


Es día domingo. Con una constancia
que más dolorosa no pudo haber sido,
sentada en un banco, repite mi infancia:
del Puerto de Palos, Colón ha partido.

Las seis de la tarde. Se encienden candelas.
Se cierran las puertas. La casa es distinta…
Dan miedo, dan miedo, las tres carabelas,
la Santa María, la Niña y la Pinta.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Señales y serependipias

Generalmente cuando estoy triste o cuando estoy algo confundida busco señales divinas. Estas no son  metafísicas ni provienen del más allá, sino que son más artesanales más profanas, por decir algo. Creo en las señales que te da la vida. Una palabra dicha por un extraño en la fila del banco, un titular en el diario de la mañana, una canción conocida al sintonizar la radio, un sueño, un número en la lotería, una publicidad, un graffitti; parecen  ser la respuesta para mí a la pregunta ¿y ahora qué hago?

Un hallazgo afortunado o inesperado, un descubrimiento, la casualidad, la coincidencia o accidente, dice el diccionario se llama serendipia. Por eso, siempre cuando el cosmos se confabula con miles de eventos que en otras posibilidades nunca se habrían encontrado, sepa Moya por qué motivos se juntan, a eso yo lo llamo una señal. ¿Que la da Dios, el cosmos o no sé quién? Da lo mismo pues son señales.

Si necesito saber que me aceptarán en algún trabajo o que me irá bien en algún proyecto, digo "si aparece un sí, es positivo y si sale no es todo malo". Entonces empiezo la búsqueda de señales. Salgo del trabajo y miro los carteles de la plaza, busco algún rayado nuevo, busco en los afiches anunciando alguna fiesta retro, en algún lado, debe decir sí o no. La ausencia de señales, también es una señal.

Si me gusta alguien, me pregunto si él estará conmigo o si lo encontraré en algún lado pronto, o si él es para mí, busco su nombre en las paredes, en los créditos de las películas (si aparece su nombre tres veces es sí rotundo), busco señales que me marquen el camino. Generalmente más allá de las señales escritas en las murallas de esta ciudad, nunca se cumple lo que pido al cosmos, pero el proceso de buscar señales que me confirmen si voy en el camino correcto es una delicia de diversión (bueno para mí).

Una vez compré un bingo y le pedí a un santo que me ayudara porque estaba tan apretada de monedas que mi fe creo que puso en moviemiento todo el engranaje. Cuando canté bingo, una vieja de al fondo del local gritó el nombre del santo. Quedé helada y por supuesto siempre he contado esta anécdota, eso es una señal más que visible.

Hace dos días estaba en la disyuntiva de escribir o no un mail a un chico que conocí hace algún tiempo. Estaba revisando mis correos y ordenando la bandeja de entrada mientras me decidía a escribirle. Entré en la carpeta donde tenía los mails enviados y los recibidos del sujeto en cuestión, y el nombre de la carpeta quedó tildado en la pantalla del computador. Ahí estaba. En medio de todos los íconos el nombre del posible destinatario. Traté de abrir otras carpetas y nada. Así que me decidí a enviarle un mail. Veremos en unos días si eso era una señal que tendrá resultados positivos o será la señal de que no debí haber movido un dedo por el destinatario de cuatro letras.

Otra serependipia que me pasó con el principe de la cuatro letras (no es puto ni rana ¡Ojo!), es que cuando nos conocimos, él leía a Lovecraft y hablamos del autor. Hace algunas semanas me regalaron El Necronomicón de Lovecraft, y obvio que me acordé de él y lo contacté por mail.

Otra vez, estaba chateando y en la radio sonaba la canción Angel de Robie Willians. Me acordé de alguien que conocí en Argentina, ya que esa canción me lo traía a la mente. Un segundo más tarde el muchachín y yo conversabamos. Eso sí que era mágico, conversabamos y de fondo "nuestra" canción. En el mismo momento y en distintos espacios, una hermosa coincidencia nos unía.

Buscar señales tiene su lado negativo, pues es tanto el empeño que tengo en practicar este juego, que pierdo más tiempo en buscar señales que encontrar la solución a mis problemas.
Aquí les dejo el cuento persa que dio lugar a la palabra Serenpedipia:

Los tres príncipes de Serendip




El discípulo miró al maestro en la profundidad de la tarde.
- "Maestro, ¿es bueno para el sabio demostrar su inteligencia?"
- "A veces puede ser bueno y honorable permitir que los hombres te rindan honores."
- “¿Sólo a veces?”
- “Otras puede acarrearle al sabio multitud de desgracias. Eso es lo que les sucedió a los tres Príncipes de Serendip, que utilizaron distraídamente su inteligencia. Habían sido educados por su padre, que era arquitecto del gran Shá de Persia, con los mejores profesores, y ahora se encaminaban en un viaje hacia la India para servir al Gran Mogol, del que habían oído su gran aprecio por el Islam y la sabiduría. Sin embargo, tuvieron un percance en su camino.”
- “¿Qué les pasó?”
- “Una tarde como esta, caminaban rumbo a la ciudad de Kandahar, cuando uno de ellos afirmó al ver unas huellas en el camino: “Por aquí ha pasado un camello tuerto del ojo derecho".
- “¿Cómo pudo adivinar semejante cosa con tanta exactitud?”
- “Había observado que la hierba de la parte derecha del camino, la que daba al río, y por tanto la más atractiva, estaba intacta, mientras la de la parte izquierda, la que daba al monte y estaba más seca, estaba consumida. El camello no veía la hierba del río.”
- “¿Y los otros príncipes?”
- “El segundo, que era más sabio, dijo: “le falta un diente al camello.”
- “¿Cómo podía saberlo?”
- “La hierba arrancada mostraba pequeñas cantidades masticadas y abandonadas.”
- “¿Y el tercero?”
- “Era mucho más joven, pero aun más perspicaz, y, como es natural, en los hijos pequeños, más radical, al estar menos seguro de sí mismo. Dijo: “el camello está cojo de una de las dos patas de atrás. La izquierda, seguro".
- “¿Cómo lo sabía?”
- “Las huellas eran más débiles en este lado.”
- “¿Y ahí acabaron las averiguaciones?”
- “No. El mayor, picado en esta competencia, afirmó: “por mi puesto de Arquitecto Mayor del Reino que este camello llevaba una carga de mantequilla y miel.”
- “Pero, eso es imposible de adivinar.”
- “Se había fijado en que en un borde del camino había un grupo de hormigas que comía en un lado, y en el otro se había concentrado un verdadero enjambre de abejas, moscas y avispas.”
- “Se trata de un difícil reto para los otros dos hermanos.”
- “El segundo hermano bajó de su montura y avanzó unos pasos. Era el más mujeriego del grupo por lo que no es extraño que afirmara: "En el camello iba montada una mujer". Y se puso rojo de excitación al pensar en el pequeño y grácil cuerpo de la joven, porque hacía días que habían salido de la ciudad de Djem y no habían visto ninguna mujer aún.”
- “¿Cómo pudo saberlo?”
- “Se había fijado en unas pequeñas huellas de pies sobre el barro del costado del río.”
- “¿Por qué había bajado? ¿Tenía sed?”
- “El tercer hermano, absolutamente herido en su orgullo de adolescente por la inteligencia de los dos mayores, afirmó: "Es una mujer que se encuentra embarazada, hermano. Tendrás que esperar un tiempo para cumplir tus deseos".
- “Eso es aún más difícil de saber.”
- “Se había percatado que en un lado de la pendiente había orinado pero se había tenido que apoyar con sus dos manos porque le pesaba el cuerpo al agacharse.”
- “Los tres hermanos eran muy listos.”
- “Sin embargo, su sabiduría les trajo muchas desgracias.”
- “¿Por qué?”
- “Por su soberbia de jóvenes. Al acercarse a la ciudad, contemplaron un mercader que gritaba enloquecido. Había desaparecido uno de sus camellos y una de sus mujeres. Aunque estaba más triste por la pérdida de la carga que llevaba su animal, y echaba la culpa a su joven esposa que también había desaparecido.”
- “¿Era tuerto tu camello del ojo derecho?”, le dijo el hermano mayor.
- “Sí”, le dijo el mercader intrigado.
- “¿Le faltaba algún diente?”
- “Era un poco viejo”, dijo rezongando, “ y se había peleado con un camello más joven.”
- “¿Estaba cojo de la pata izquierda trasera?”
- “Creo que sí, se le había clavado la punta de una estaca.”
- “Llevaba una carga de miel y mantequilla.”
- “Una preciosa carga, sí.”
- “Y una mujer.”
- “Muy descuidada por cierto, mi esposa.”
- “Qué estaba embarazada.”
- “Por eso se retrasaba continuamente con sus cosas. Y yo, pobre de mí, la dejé atrás un momento. ¿Dónde los habéis visto?”
- “No hemos visto jamás a tu camello ni a tu mujer”, buen hombre, le dijeron los tres príncipes riéndose alegremente.
El discípulo también rió.
- “Eran muy sabios.”
- “Sí, pero el buen mercader estaba muy irritado. Cuando los vecinos del mercado le dijeron que habían visto tres salteadores tras su camello y su mujer, los denunció.”
- “¡Pero, ellos tenían razón!”
- “Los perdió su soberbia juvenil. Habían señalado todas esas características del camello con tanta exactitud que ninguno les creyó cuando afirmaron no haber visto jamás al camello. Y se habían reído del mercader, había muchos testigos. Fueron llevados a la cárcel y condenados a muerte ya que en Kandahar el robo de camellos es el peor delito, más que el rapto de esposas.”
- “¡Qué triste destino para los sabios!”
- “La cosa no acabó tan mal. La esposa se había escapado, y pudo llegar antes de que los desventaran en la plaza pública, como era costumbre para castigar a los ladrones de camellos. El poderoso Emir de Kandahar se divirtió bastante con la historia y nombró ministros a los tres príncipes. Por cierto, que el segundo hermano se casó con la muchacha, que estaba bastante harta del mercader.”
- “La sabiduría tiene su premio.”
- “La casualidad los salvó y aprendieron a ser mucho más prudentes a la hora de manifestar su inteligencia ante los demás.”
 
 
DE REGALO ESTE LINK
http://www.youtube.com/watch?v=GibiJgWdHaA&feature=related
 

jueves, 9 de septiembre de 2010

Penélope....

La peor parte de la canción Penélope que canta Serrat es "sentada con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón, meneando el abanico", aunque peor  es " dicen en el pueblo  un caminante llegó..." Buahhh. No sé por qué la radio se ensaña con pasarla a cada rato. Seguro es que como yo habemos muchas Penélopes esparcidas por el mundo. ¡Qué tristeza tiene la espera! y aunque uno no tenga bolso de piel marrón esperamos que esa promesa se cumpla o que ese llamado nos devuelva el alma al cuerpo. También esperamos esas cosas que no tienen nombre, siempre esperamos que los tiempos sean mejores, que la suerte nos sorprenda con una buena nueva, que nos cambie la suerte, esperamos un milagro o que la lotería de la vida cante nuestros números de la suerte.
Pero como dice el dicho quien espera desespera, asi que fumando espero.

domingo, 29 de agosto de 2010

Otra oportunidad, otra oportunidad


¿Por qué será que cuándo no lo tienes más lo quieres? Así dice la Lafourcade, y sí, tiene razón. No daré explicaciones amplias, pero hoy después de cinco o seis años, me di cuenta de que me parece que la cagué. Resulta que conocí a alguien, no me acuerdo a dónde, pero la cosa es que salimos un par de veces, sin compromiso y todo en buena. No me acuerdo ni su cara, recuerdo que leía bastante y que teníamos una buena conversación, de esas que me gustan a mí, mucho escritor, y conversaciones políticas y de la contingencia nacional e internacional, O sea, puras pajas, otras en mi lugar, estarían pura risa y palo y a la bolsa, bueno, yo soy así, del tipo intelectual, qué le voy a ser si así me criaron.

Era bastante acogedor estar con él, era simpático recuerdo, pero la polola lo había dejado y se sentía un poco triste, pensaba yo erróneamente en esa época que poco menos era un perdedor, ¿cómo alguien puede ponerse triste porque no lo quieran? El tiempo me daría una lección. No podía entenderlo pues nunca he estado enamorada, creo. Tampoco pude entender, que quizás él buscaba alguien con quien despejar su mente y hacer más llevaderos los días, pues él estaba sufriendo. No pregunté nunca cómo fue aquella separación, pero parece que llevaban tiempo. Quizás pensó que yo podría aliviarlo en algún grado. La cosa es que mi miopía emocional no me hizo reflexionar en eso, en aquellos días. No pude darme cuenta de que él necesita una voz amiga.

Hasta que llegó el minuto fatal: Recuerdo que le pregunté qué le parecía las imputaciones de Pinochet por robos, esa era la noticia de la semana, él me dijo "No tengo opinión al respecto", y eso sería todo. Me corrí. No lo volví a llamar. Me pareció que no era una respuesta. Debía tener opinión sí o sí. Estaba hablando conmigo, por qué no podía hablar conmigo de eso, la cosa es que eso no me gustó y filo, sería todo.

La historia es que hace unas semanas lo encontré en esas páginas donde uno busca amigos y le mandé un mail, diciendo, ¿serás aquel chico que conocí una vez?....él respondió que no recordaba, le envié otro con algunos datos más, y luego me contestó ahhh, claro que me acuerdo, tengo mala memoria pero no para tanto. Y desde ese mail, hace casi quince días que no tengo noticias suyas. Yo le envié dos mails más preguntándole qué era de su vida, pero nada, silencio, silencio. Puede ser que haya ido a una isla desierta donde no haya internet y no se puede comunicar conmigo, o que se acordó de lo imbécil que fui y se cambió de ciudad. Lo último que dijo fue, "tengo mala memoria pero no tanto", o sea, se acordó de mí. Soy un desastre. Me gustaría que me diera otra oportunidad, para demostrale que sí podemos ser amigos o lo que sea, que no soy esa tonta intolerante y presumida que demostré ser antes.

Lo que más me duele es que esta vez quien pegó el portazo fue él, pero él tiene razón, hay que huir de la gente insensible y tonta. Lo siento. Son cosas que pasan. Lo malo es que a mí me pasan siempre.




Un moco tipo vaivén

La historia que contaré ahora, aconteció hace mucho tiempo. Pero es verídica de pé a pá. Todos conocemos la frase de Mahoma, "Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña", esto resume lo que contaré en este espacio virtual.
Siendo yo una chica salvaje y decidida a encontrar en amor verdadero o algo que se le parezca aunque sea lejanamente, ya que presumo y de acuerdo a la experiencia propia y la de todos los ejemplares que me rodean que eso del amor para siempre es solo para vender libros y andar haciendo películas, me di en la tarea de acercarme a alguien que en ese tiempo ocupaba mis pensamientos y fantasías, pero que claro, él no sabía que existía, pues yo no era de su círculo de amigos. Me las ingenié para llamarlo, él me dijo que nos encontraramos en una café del centro y que allí conversaríamos respecto de todo. Seguramente, ahora no lo recuerdo, pero yo estaria más feliz que perro con dos colas.

Cuando llegué al local, más producida que mesa de cumpleaños, él estaba ahí en una mesa tomando un café, había llegado primero en forma puntual, todo un caballero. Era un monumento de carne como se dice, atento, bien perfumadito, lindo, lindo. Yo que había tomado el toro por las astas no me amilanaría ante ese espectáculo de hombre que tenía frente a mis ojos, y fue así como conversamos un largo rato. Muy ameno y muy culto. Yo no quedé atrás porque si algo tengo es cacumen.

Todo iba bien, hasta que yo en el recorrido que hacía de su rostro y de sus facciones varoniles, me detuve en un pequeño detalle que destruyó todo lo ideal del momento, y de quizás lo que pudo haber pasado después. Mi atención se dirigió justo frente a su nariz. Allí estaba.Un pequeño moquito de color verde pegado a la parte superior de la fosa nasal derecha, (todavía lo recuerdo), y que se balanceaba con el aire de su respiración, como si estuviera en un columpio. Era un moco tipo vaivén. Mi atención a la conversación se vio contaminada pues aquel defecto en la imagen apolínea de este hombre, se vio mermada enormente por ese insignificante moco danzarín. Allí estaba, en cada palabra que salía de su boca. Y lo que empezó como un pequeño defecto y demostración de su humanidad terminó convirtiéndose en un distractor a mis propósitos. No puedo decir que la culpa la haya tenido el moco, pues nunca más lo volví a ver, pero si puedo sostener que ese moco bailarín destruyó lo que pudo haber sido un recuerdo feliz y perfecto, el hablar con un hombre guapo, inteligente y varonil. Así que ya saben hombres a las citas a ciegas deben ir con la nariz bien sonada. Snif, Snif.


domingo, 8 de agosto de 2010

¡Ofrezco relaciones aquí y ahora!






Tengo hoy la obligación moral de contar a quienes tengan la bondad de leer estas estupideces, que dicho sea de paso, se escriben a minutos de comenzada una licencia de 15 días que me entregara mi traumatólogo (:)), digo, la obligación moral de contar qué ha sucedido la noche de anoche en nuestra querida ciudad de Punta Arenas. Digo nuestra porque aunque sea nacida y criada en Argentina, es esta mi segunda patria, y todo eso.
La cosa es que no escatimaré en detalles para contar lo acontecido el día 8 de agosto del presente en estas apartadas tierras del mundo.
La noche comenzó en la casa de unos amigos, pisco sour de por medio y conversación interesante, llegamos a la conclusión de que “Tú me dejaste caer” es el reggeton más intelectual del cual se haya tenido noticias, porque los “otros sí que son ordinarios y hay puras negras en los videos” y “weas por el estilo”. En estas cavilaciones, avanzaba la velada que ya empezaba a guatear (y afuera el viento áspero y sus rugidos recordaban a los sureños que el rey es él – ¡ya!-), hasta que nos decidimos empezar el recorrido de los caminantes sabatinos buscando un poco de diversión.
Estacionamos en el Celebrity, (aunque yo no muy convencida), desde afuera se escuchaban los alaridos de las guitarras y de la batería, ya pintaba para mí aunque jamás identifique la canción, puesto que esta era al inglés chumango, así que no entendí nada. Mi amigo me dice “ellos cantan Journey” (¿?) Ahhhh, le dije yo. Nos sentamos y comencé mi ronda de cerveza, y mientras saboreaba (les recomiendo una Quilmes muy heladita), pasaba registro de toda la fauna masculina que concurría al lugar buscando lo que todas las solteras buscamos. El menú estaba bastante pobre y cuando ya pensaba que la noche estaba perdida y que debíamos buscar otro antro de perdición, comenzaron a entrar todo tipo de especimenes de diversa condición y contextura (de un cuanto hubo), como la entrada del matadero.
No era perfecto pero bajo las condiciones contextuales, sí, buena música aunque no entendía mucho, pero sí reconocí aquellas melodías que acompañaron mis primeras penas de amor, allá lejos y hace tiempo.
La fauna masculina se movía como mata de calafate al viento, o sea, no se movía, o si lo hacía era para ir al baño. He aquí la primera parada de esta exhausta descripción sabatina puntarenense.
Notamos con mis amigos que algo pasaba a la salida del baño, ya que tanto las mujeres como los hombres que salían de el, ya en condiciones de dudoso equilibrio, salían cantando a todo pulmón, levantando las manos y con la sonrisa de oreja a oreja. ¿Acaso la descarga o el espejo, o quizás la losa blanca, o sepa Moya, tenía un efecto de recargada energía que venía con cancionero incluido? Delirante era verlos guitarrear en el aire o peinarse hacia atrás mientras tarareaban en inglés alguna cancioncita que quizás como yo no habían escuchado nunca, pero en ese momento, en ese momento de total exhibición entonaban. Quizás al mirarse al espejo, tanto hombres como mujeres, recordaron el por qué de su salida.
Bueno y como esta es la historia de un sábado de no importa qué mes, diré que la bravura del tiempo afuera, nos exigió que quedáramos con el poncho puesto todas las horas que estuvimos sentados o a veces parados aplaudiendo la mixtura de las composiciones escuchadas en la oportunidad.
Siguiendo con el relato, después de otra cerveza me dediqué a observar el zoológico humano que deambulaba frente a mí. Mujeres grandes quemando sus últimos cartuchos, viejardos haciéndose los pendejos, chiquitos de recién cumplí 18, profe en serio, y el resto de la fauna que estaba en la edad de merecer y de rango “somos jóvenes” y “somos jóvenes aún”. La música sonaba impeke! y la verdad que su calidad me impactó, o estaba demasiado arriba del baffle (¿se escribe así? sorry).
A lo lejos, frente a mi mesa divisé la cara de un viejo amor de adolescencia y con un poco de nostalgia anhelé estar en esa edad dorada (con la mentalidad que tengo ahora sí, porque déjenme decirle que era del tipo nerds y del tipo aguevonada). Sí, qué razón tiene el poeta, juventud, divino tesoro.
Obvio, que enseguida pensé para mis adentros ¿estaré más reventada que él?, me dije inmediatamente que no, ya que me saqué la lotería genética y todavía puedo publicar mis fotos en facebook en primer plano, señores, no como otros que ponen la foto del hijo o del gato.
Junto a él, (a quien llamaremos “ojitos verdes”, porque no me acuerdo el nombre y menos el apellido!) bailaba desaforado un joven que se azotaba cerca de los parlantes, se paraba en una silla de las mesas que tenían vista preferencial de la manga de músicos, y vociferaba las letras degolladas y mutiladas de las canciones del vasto repertorio ofrecido. Bailaba. A su modo.
Cerca de él, miraba de reojo desde la barra un tipo vestido de negro con campera de cuero, pantalón ajustado, bototos y pelo largo. Puedo discernir, ahora, que la envidia le comería, al ver aquel trompo humano.
Después de algunas canciones, el cuello del sujeto comenzó a girar como si estuviéramos presenciando un exorcismo, el cual fue eterno y a la hora de nuestra salida ya como a las 4.50, todavía seguía siendo azotado (quizás lo estaba desenredando). El espectáculo no tuvo desperdicios, pues yo, que ya tengo varios años de salidas nocturnas, nunca había visto un bicho de estas características, (me cago che´!), raro, raro. De antología. Y aquí es donde aparece la reflexión –etílica- pero reflexión al fin.
¿Pensarán estos dos sujetos, que con sus movimientos y contorsiones, que ya las quisieran en el circo Du Solei, eran sexys? ¿Creían que en esos giros, revoleadas, gritos tipo Jackson, aplausos cacofónicos y fuera de ritmo, habitaba el deseo de todas las féminas presentes, el sueño del hombre perfecto hecho realidad? Y en su inocencia agravada por el grado etílico etiquetado en la botella que tomaban, ¡ofrecían relaciones aquí y ahora! (Ricardo Lagos las ofrecía pero en otro contexto.)
Mientras tanto el de pelo largo hacía girar su cabeza y alguien por ahí dijo: ¡Ahhhh, jed an´ cholders!, seguida de una carcajada maliciosa, que salían de varias mesas.
Cada giro, zapateo, retorcida, era una invitación. Claro que sí, creían ellos que todo aquello era un espectáculo para hacerse desear y provocar. Pues, no, señores, nada más triste. ¡No calientan a nadie, loco!!!!!
Eso me hizo pensar en esa canción que dice “el micrófono huele a cerveza, el calor se podría cortar. Solitarios, oscuros, buscando pareja apurándose un sábado más”. Triste.
Luego de sacadas estas conclusiones y de darme cuenta que hacía nuevamente el mal tercio, ya que mis amigos estaban chapando a lo loco, fui al baño y traté de que al salir no saliera agitando los brazos y cacareando un inglés de una canción que ni idea, me di cuenta que en esta ciudad hay demasiados solos y solas. Porque puedo apostar que más de la mitad de los que estábamos en ese lugar, estábamos de cacería (para ponerlo en términos románticos). Más de la mitad de los que estábamos ahí tomando esa cerveza “gato por liebre”, volvió a casa con la sensación de no hallar lo que se busca, que es paradójico, porque uno no puede buscar aquello que no sabe que ha perdido o que nunca ha tenido, conozco de muchos que una vez encontrado eso que andaban buscando no supieron cómo devolverlo.
Para ponerle un cacho de cultura a estas letras, les dejó una estrofita:
Con un poco de amor serás muy fuerte,
y si ese amor suplanta lo imposible
vencerás con el tiempo toda suerte
y serás en la lucha lo invencible.







Insiste un sábado más. Es el amor; se nos escapa en el aire.