
Tengo hoy la obligación moral de contar a quienes tengan la bondad de leer estas estupideces, que dicho sea de paso, se escriben a minutos de comenzada una licencia de 15 días que me entregara mi traumatólogo (:)), digo, la obligación moral de contar qué ha sucedido la noche de anoche en nuestra querida ciudad de Punta Arenas. Digo nuestra porque aunque sea nacida y criada en Argentina, es esta mi segunda patria, y todo eso.
La cosa es que no escatimaré en detalles para contar lo acontecido el día 8 de agosto del presente en estas apartadas tierras del mundo.
La noche comenzó en la casa de unos amigos, pisco sour de por medio y conversación interesante, llegamos a la conclusión de que “Tú me dejaste caer” es el reggeton más intelectual del cual se haya tenido noticias, porque los “otros sí que son ordinarios y hay puras negras en los videos” y “weas por el estilo”. En estas cavilaciones, avanzaba la velada que ya empezaba a guatear (y afuera el viento áspero y sus rugidos recordaban a los sureños que el rey es él – ¡ya!-), hasta que nos decidimos empezar el recorrido de los caminantes sabatinos buscando un poco de diversión.
Estacionamos en el Celebrity, (aunque yo no muy convencida), desde afuera se escuchaban los alaridos de las guitarras y de la batería, ya pintaba para mí aunque jamás identifique la canción, puesto que esta era al inglés chumango, así que no entendí nada. Mi amigo me dice “ellos cantan Journey” (¿?) Ahhhh, le dije yo. Nos sentamos y comencé mi ronda de cerveza, y mientras saboreaba (les recomiendo una Quilmes muy heladita), pasaba registro de toda la fauna masculina que concurría al lugar buscando lo que todas las solteras buscamos. El menú estaba bastante pobre y cuando ya pensaba que la noche estaba perdida y que debíamos buscar otro antro de perdición, comenzaron a entrar todo tipo de especimenes de diversa condición y contextura (de un cuanto hubo), como la entrada del matadero.
No era perfecto pero bajo las condiciones contextuales, sí, buena música aunque no entendía mucho, pero sí reconocí aquellas melodías que acompañaron mis primeras penas de amor, allá lejos y hace tiempo.
La fauna masculina se movía como mata de calafate al viento, o sea, no se movía, o si lo hacía era para ir al baño. He aquí la primera parada de esta exhausta descripción sabatina puntarenense.
Notamos con mis amigos que algo pasaba a la salida del baño, ya que tanto las mujeres como los hombres que salían de el, ya en condiciones de dudoso equilibrio, salían cantando a todo pulmón, levantando las manos y con la sonrisa de oreja a oreja. ¿Acaso la descarga o el espejo, o quizás la losa blanca, o sepa Moya, tenía un efecto de recargada energía que venía con cancionero incluido? Delirante era verlos guitarrear en el aire o peinarse hacia atrás mientras tarareaban en inglés alguna cancioncita que quizás como yo no habían escuchado nunca, pero en ese momento, en ese momento de total exhibición entonaban. Quizás al mirarse al espejo, tanto hombres como mujeres, recordaron el por qué de su salida.
Bueno y como esta es la historia de un sábado de no importa qué mes, diré que la bravura del tiempo afuera, nos exigió que quedáramos con el poncho puesto todas las horas que estuvimos sentados o a veces parados aplaudiendo la mixtura de las composiciones escuchadas en la oportunidad.
Siguiendo con el relato, después de otra cerveza me dediqué a observar el zoológico humano que deambulaba frente a mí. Mujeres grandes quemando sus últimos cartuchos, viejardos haciéndose los pendejos, chiquitos de recién cumplí 18, profe en serio, y el resto de la fauna que estaba en la edad de merecer y de rango “somos jóvenes” y “somos jóvenes aún”. La música sonaba impeke! y la verdad que su calidad me impactó, o estaba demasiado arriba del baffle (¿se escribe así? sorry).
A lo lejos, frente a mi mesa divisé la cara de un viejo amor de adolescencia y con un poco de nostalgia anhelé estar en esa edad dorada (con la mentalidad que tengo ahora sí, porque déjenme decirle que era del tipo nerds y del tipo aguevonada). Sí, qué razón tiene el poeta, juventud, divino tesoro.
Obvio, que enseguida pensé para mis adentros ¿estaré más reventada que él?, me dije inmediatamente que no, ya que me saqué la lotería genética y todavía puedo publicar mis fotos en facebook en primer plano, señores, no como otros que ponen la foto del hijo o del gato.
Junto a él, (a quien llamaremos “ojitos verdes”, porque no me acuerdo el nombre y menos el apellido!) bailaba desaforado un joven que se azotaba cerca de los parlantes, se paraba en una silla de las mesas que tenían vista preferencial de la manga de músicos, y vociferaba las letras degolladas y mutiladas de las canciones del vasto repertorio ofrecido. Bailaba. A su modo.
Cerca de él, miraba de reojo desde la barra un tipo vestido de negro con campera de cuero, pantalón ajustado, bototos y pelo largo. Puedo discernir, ahora, que la envidia le comería, al ver aquel trompo humano.
Después de algunas canciones, el cuello del sujeto comenzó a girar como si estuviéramos presenciando un exorcismo, el cual fue eterno y a la hora de nuestra salida ya como a las 4.50, todavía seguía siendo azotado (quizás lo estaba desenredando). El espectáculo no tuvo desperdicios, pues yo, que ya tengo varios años de salidas nocturnas, nunca había visto un bicho de estas características, (me cago che´!), raro, raro. De antología. Y aquí es donde aparece la reflexión –etílica- pero reflexión al fin.
¿Pensarán estos dos sujetos, que con sus movimientos y contorsiones, que ya las quisieran en el circo Du Solei, eran sexys? ¿Creían que en esos giros, revoleadas, gritos tipo Jackson, aplausos cacofónicos y fuera de ritmo, habitaba el deseo de todas las féminas presentes, el sueño del hombre perfecto hecho realidad? Y en su inocencia agravada por el grado etílico etiquetado en la botella que tomaban, ¡ofrecían relaciones aquí y ahora! (Ricardo Lagos las ofrecía pero en otro contexto.)
Mientras tanto el de pelo largo hacía girar su cabeza y alguien por ahí dijo: ¡Ahhhh, jed an´ cholders!, seguida de una carcajada maliciosa, que salían de varias mesas.
Cada giro, zapateo, retorcida, era una invitación. Claro que sí, creían ellos que todo aquello era un espectáculo para hacerse desear y provocar. Pues, no, señores, nada más triste. ¡No calientan a nadie, loco!!!!!
Eso me hizo pensar en esa canción que dice “el micrófono huele a cerveza, el calor se podría cortar. Solitarios, oscuros, buscando pareja apurándose un sábado más”. Triste.
Luego de sacadas estas conclusiones y de darme cuenta que hacía nuevamente el mal tercio, ya que mis amigos estaban chapando a lo loco, fui al baño y traté de que al salir no saliera agitando los brazos y cacareando un inglés de una canción que ni idea, me di cuenta que en esta ciudad hay demasiados solos y solas. Porque puedo apostar que más de la mitad de los que estábamos en ese lugar, estábamos de cacería (para ponerlo en términos románticos). Más de la mitad de los que estábamos ahí tomando esa cerveza “gato por liebre”, volvió a casa con la sensación de no hallar lo que se busca, que es paradójico, porque uno no puede buscar aquello que no sabe que ha perdido o que nunca ha tenido, conozco de muchos que una vez encontrado eso que andaban buscando no supieron cómo devolverlo.
Para ponerle un cacho de cultura a estas letras, les dejó una estrofita:
Con un poco de amor serás muy fuerte,
y si ese amor suplanta lo imposible
vencerás con el tiempo toda suerte
y serás en la lucha lo invencible.
La cosa es que no escatimaré en detalles para contar lo acontecido el día 8 de agosto del presente en estas apartadas tierras del mundo.
La noche comenzó en la casa de unos amigos, pisco sour de por medio y conversación interesante, llegamos a la conclusión de que “Tú me dejaste caer” es el reggeton más intelectual del cual se haya tenido noticias, porque los “otros sí que son ordinarios y hay puras negras en los videos” y “weas por el estilo”. En estas cavilaciones, avanzaba la velada que ya empezaba a guatear (y afuera el viento áspero y sus rugidos recordaban a los sureños que el rey es él – ¡ya!-), hasta que nos decidimos empezar el recorrido de los caminantes sabatinos buscando un poco de diversión.
Estacionamos en el Celebrity, (aunque yo no muy convencida), desde afuera se escuchaban los alaridos de las guitarras y de la batería, ya pintaba para mí aunque jamás identifique la canción, puesto que esta era al inglés chumango, así que no entendí nada. Mi amigo me dice “ellos cantan Journey” (¿?) Ahhhh, le dije yo. Nos sentamos y comencé mi ronda de cerveza, y mientras saboreaba (les recomiendo una Quilmes muy heladita), pasaba registro de toda la fauna masculina que concurría al lugar buscando lo que todas las solteras buscamos. El menú estaba bastante pobre y cuando ya pensaba que la noche estaba perdida y que debíamos buscar otro antro de perdición, comenzaron a entrar todo tipo de especimenes de diversa condición y contextura (de un cuanto hubo), como la entrada del matadero.
No era perfecto pero bajo las condiciones contextuales, sí, buena música aunque no entendía mucho, pero sí reconocí aquellas melodías que acompañaron mis primeras penas de amor, allá lejos y hace tiempo.
La fauna masculina se movía como mata de calafate al viento, o sea, no se movía, o si lo hacía era para ir al baño. He aquí la primera parada de esta exhausta descripción sabatina puntarenense.
Notamos con mis amigos que algo pasaba a la salida del baño, ya que tanto las mujeres como los hombres que salían de el, ya en condiciones de dudoso equilibrio, salían cantando a todo pulmón, levantando las manos y con la sonrisa de oreja a oreja. ¿Acaso la descarga o el espejo, o quizás la losa blanca, o sepa Moya, tenía un efecto de recargada energía que venía con cancionero incluido? Delirante era verlos guitarrear en el aire o peinarse hacia atrás mientras tarareaban en inglés alguna cancioncita que quizás como yo no habían escuchado nunca, pero en ese momento, en ese momento de total exhibición entonaban. Quizás al mirarse al espejo, tanto hombres como mujeres, recordaron el por qué de su salida.
Bueno y como esta es la historia de un sábado de no importa qué mes, diré que la bravura del tiempo afuera, nos exigió que quedáramos con el poncho puesto todas las horas que estuvimos sentados o a veces parados aplaudiendo la mixtura de las composiciones escuchadas en la oportunidad.
Siguiendo con el relato, después de otra cerveza me dediqué a observar el zoológico humano que deambulaba frente a mí. Mujeres grandes quemando sus últimos cartuchos, viejardos haciéndose los pendejos, chiquitos de recién cumplí 18, profe en serio, y el resto de la fauna que estaba en la edad de merecer y de rango “somos jóvenes” y “somos jóvenes aún”. La música sonaba impeke! y la verdad que su calidad me impactó, o estaba demasiado arriba del baffle (¿se escribe así? sorry).
A lo lejos, frente a mi mesa divisé la cara de un viejo amor de adolescencia y con un poco de nostalgia anhelé estar en esa edad dorada (con la mentalidad que tengo ahora sí, porque déjenme decirle que era del tipo nerds y del tipo aguevonada). Sí, qué razón tiene el poeta, juventud, divino tesoro.
Obvio, que enseguida pensé para mis adentros ¿estaré más reventada que él?, me dije inmediatamente que no, ya que me saqué la lotería genética y todavía puedo publicar mis fotos en facebook en primer plano, señores, no como otros que ponen la foto del hijo o del gato.
Junto a él, (a quien llamaremos “ojitos verdes”, porque no me acuerdo el nombre y menos el apellido!) bailaba desaforado un joven que se azotaba cerca de los parlantes, se paraba en una silla de las mesas que tenían vista preferencial de la manga de músicos, y vociferaba las letras degolladas y mutiladas de las canciones del vasto repertorio ofrecido. Bailaba. A su modo.
Cerca de él, miraba de reojo desde la barra un tipo vestido de negro con campera de cuero, pantalón ajustado, bototos y pelo largo. Puedo discernir, ahora, que la envidia le comería, al ver aquel trompo humano.
Después de algunas canciones, el cuello del sujeto comenzó a girar como si estuviéramos presenciando un exorcismo, el cual fue eterno y a la hora de nuestra salida ya como a las 4.50, todavía seguía siendo azotado (quizás lo estaba desenredando). El espectáculo no tuvo desperdicios, pues yo, que ya tengo varios años de salidas nocturnas, nunca había visto un bicho de estas características, (me cago che´!), raro, raro. De antología. Y aquí es donde aparece la reflexión –etílica- pero reflexión al fin.
¿Pensarán estos dos sujetos, que con sus movimientos y contorsiones, que ya las quisieran en el circo Du Solei, eran sexys? ¿Creían que en esos giros, revoleadas, gritos tipo Jackson, aplausos cacofónicos y fuera de ritmo, habitaba el deseo de todas las féminas presentes, el sueño del hombre perfecto hecho realidad? Y en su inocencia agravada por el grado etílico etiquetado en la botella que tomaban, ¡ofrecían relaciones aquí y ahora! (Ricardo Lagos las ofrecía pero en otro contexto.)
Mientras tanto el de pelo largo hacía girar su cabeza y alguien por ahí dijo: ¡Ahhhh, jed an´ cholders!, seguida de una carcajada maliciosa, que salían de varias mesas.
Cada giro, zapateo, retorcida, era una invitación. Claro que sí, creían ellos que todo aquello era un espectáculo para hacerse desear y provocar. Pues, no, señores, nada más triste. ¡No calientan a nadie, loco!!!!!
Eso me hizo pensar en esa canción que dice “el micrófono huele a cerveza, el calor se podría cortar. Solitarios, oscuros, buscando pareja apurándose un sábado más”. Triste.
Luego de sacadas estas conclusiones y de darme cuenta que hacía nuevamente el mal tercio, ya que mis amigos estaban chapando a lo loco, fui al baño y traté de que al salir no saliera agitando los brazos y cacareando un inglés de una canción que ni idea, me di cuenta que en esta ciudad hay demasiados solos y solas. Porque puedo apostar que más de la mitad de los que estábamos en ese lugar, estábamos de cacería (para ponerlo en términos románticos). Más de la mitad de los que estábamos ahí tomando esa cerveza “gato por liebre”, volvió a casa con la sensación de no hallar lo que se busca, que es paradójico, porque uno no puede buscar aquello que no sabe que ha perdido o que nunca ha tenido, conozco de muchos que una vez encontrado eso que andaban buscando no supieron cómo devolverlo.
Para ponerle un cacho de cultura a estas letras, les dejó una estrofita:
Con un poco de amor serás muy fuerte,
y si ese amor suplanta lo imposible
vencerás con el tiempo toda suerte
y serás en la lucha lo invencible.
Insiste un sábado más. Es el amor; se nos escapa en el aire.