La historia que contaré ahora, aconteció hace mucho tiempo. Pero es verídica de pé a pá. Todos conocemos la frase de Mahoma, "Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña", esto resume lo que contaré en este espacio virtual. Siendo yo una chica salvaje y decidida a encontrar en amor verdadero o algo que se le parezca aunque sea lejanamente, ya que presumo y de acuerdo a la experiencia propia y la de todos los ejemplares que me rodean que eso del amor para siempre es solo para vender libros y andar haciendo películas, me di en la tarea de acercarme a alguien que en ese tiempo ocupaba mis pensamientos y fantasías, pero que claro, él no sabía que existía, pues yo no era de su círculo de amigos. Me las ingenié para llamarlo, él me dijo que nos encontraramos en una café del centro y que allí conversaríamos respecto de todo. Seguramente, ahora no lo recuerdo, pero yo estaria más feliz que perro con dos colas.
Cuando llegué al local, más producida que mesa de cumpleaños, él estaba ahí en una mesa tomando un café, había llegado primero en forma puntual, todo un caballero. Era un monumento de carne como se dice, atento, bien perfumadito, lindo, lindo. Yo que había tomado el toro por las astas no me amilanaría ante ese espectáculo de hombre que tenía frente a mis ojos, y fue así como conversamos un largo rato. Muy ameno y muy culto. Yo no quedé atrás porque si algo tengo es cacumen.
Todo iba bien, hasta que yo en el recorrido que hacía de su rostro y de sus facciones varoniles, me detuve en un pequeño detalle que destruyó todo lo ideal del momento, y de quizás lo que pudo haber pasado después. Mi atención se dirigió justo frente a su nariz. Allí estaba.Un pequeño moquito de color verde pegado a la parte superior de la fosa nasal derecha, (todavía lo recuerdo), y que se balanceaba con el aire de su respiración, como si estuviera en un columpio. Era un moco tipo vaivén. Mi atención a la conversación se vio contaminada pues aquel defecto en la imagen apolínea de este hombre, se vio mermada enormente por ese insignificante moco danzarín. Allí estaba, en cada palabra que salía de su boca. Y lo que empezó como un pequeño defecto y demostración de su humanidad terminó convirtiéndose en un distractor a mis propósitos. No puedo decir que la culpa la haya tenido el moco, pues nunca más lo volví a ver, pero si puedo sostener que ese moco bailarín destruyó lo que pudo haber sido un recuerdo feliz y perfecto, el hablar con un hombre guapo, inteligente y varonil. Así que ya saben hombres a las citas a ciegas deben ir con la nariz bien sonada. Snif, Snif.
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